Había una vez, en un pequeño pueblo, una niña llamada Clara. Desde su nacimiento, Clara tenía algo muy especial: un pequeño violín que parecía haber nacido con ella. Cuando cumplió cinco años, sus padres decidieron regalarle un violín real. "Aquí tienes, un violín", le dijeron con una sonrisa. Clara estaba fascinada por el instrumento y, aunque no sabía tocarlo, comenzó a practicar. Al principio, el sonido era desafinado y torpe, pero ella no se desanimó. Día tras día, dedicaba tiempo a su violín, mejorando poco a poco. Con el tiempo, su dedicación dio frutos y Clara se convirtió en una violinista talentosa. Su violín comenzó a producir melodías hermosas; podía tocar piezas clásicas, improvisar y hasta componer sus propias canciones. Un día, Clara conoció a un joven llamado Miguel, quien también era músico y tocaba el chelo. "¿Qué instrumento tocas?", le preguntó Miguel. "Yo toco el violín", respondió Clara. "¿Te gustaría tocar junto...
No sé si es un tema cultural, circunstancial, social o una señal de los tiempos, pero es impresionante la cantidad de mamás que me han dicho que no pueden entrar al baño tranquila porque sus hijos no las dejan, o la cantidad de mamás que me dicen que no pueden dejar la puerta de su dormitorio cerrada porque sus hijos en la noche le golpean y le golpean y le golpean hasta que eventualmente tienen que dejarlos entrar, y interrumpiendo el sueño, la lectura o algo más entretenido. Mamá!!!, es casi imposible que un niño entienda de límites psicológicos, sociales o éticos de adulto, si no logra entender que existen límites físicos, de la misma forma que es prácticamente imposible que el niño entienda que debe respetar a los demás si no entiende que debe golpear antes de entrar a un dormitorio. La idea de que los niños necesitan comprender los límites físicos para entender los límites valóricos de los adultos se ba...